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La ciudad de los muertos

Obra publicada en el libro Crimen en el barrio, 2010.

 

¿Existirá alguna forma de descubrir
los misterios y secretos que los muertos se llevan tras su partida?

A través de un viaje por la vida de Ana, Manuel y José,
iremos desentramando historias
que se unen en el presente
para enseñarnos que tanto vivos como muertos
buscan siempre la luz de la verdad

Vida entre muerte

Manuel y Antonia llevaban diez años de casados. Se conocieron en las afueras del cementerio un soleado día de enero, cuando él, gracias al dato de su amigo José, se fue a presentar a la administración del lugar para postular al trabajo de guía del tour nocturno del Cementerio. Las buenas recomendaciones que lo acompañaban, sumada a su presencia y personalidad hicieron que de inmediato quedara contratado.

Feliz recorrió el lugar acompañado por el administrador que le explicó sus funciones, la ruta que debía seguir y las características del trabajo. Después de un par de horas, se retiró del lugar.  Sus pasos tranquilos lo llevaron a las florerías de Avenida La Paz, entre bellos colores y aromas, su mirada se cruzó con la de Antonia. La atracción entre ambos era evidente, al poco tiempo ya eran pareja.

Se fueron a vivir a una antigua casa en la comuna de Independencia, buscando estar próximos a sus trabajos. Manuel invirtió gran parte del dinero que llevaba ahorrado en su vida, en el negocio de las flores. Fue así como pusieron juntos una florería propia muy cercana a donde trabajaba la mujer.

Su vida juntos fue muy feliz, disfrutaban de lo simple. Ambos eran muy humildes y eso tenía en los demás un efecto muy positivo. Todos los respetaban y querían mucho.

Manuel y José eran prácticamente hermanos, se conocían desde pequeños ya que eran compañeros de colegio. Con el tiempo las mujeres de ambos también se hicieron amigas y los cuatro, al tener tantas cosas en común, pasaban bastante tiempo juntos. Incluso eran los padrinos de Carlitos; lo querían como al hijo que nunca tuvieron ni tendrían.

Manuel desde pequeño tenía una personalidad muy tranquila. Siempre quitado de bulla, dedicaba gran parte de su tiempo a escribir, actividad que hasta el día de hoy mantenía. Su mujer nunca leyó sus escritos, todo ese mundo de letras era algo muy personal, de hecho, en la casa tenían habilitada una especie de sala con un gran escritorio y mucho material manuscrito, sólo él entraba a ese lugar en el que se encerraba por horas. Su mujer ya acostumbrada, procuraba no interrumpirlo cuando estaba en sus actividades, que usualmente eran nocturnas.

Una noche, Antonia despertó sobresaltada producto de una pesadilla. Palpó con su mano el lado de la cama que correspondía a su marido, esperando tocar su cuerpo y tranquilizarse en sus brazos, pero sus manos solo tocaron las sabanas sobre un colchón vacío. Prendió la lámpara de su velador, se puso las pantuflas, se cubrió con su bata de levantar y se dirigió a la cocina en busca de un vaso de agua.

Caminando rumbo a la cocina, pasó por fuera del despacho de su marido. La puerta estaba cerrada, como era usual cuando se encontraba trabajando en sus escritos. Iba a seguir de largo, cuando le llamo la atención el tono ronco con que su marido recitaba una frase. Sin pensarlo se quedó escuchando tras la puerta con curiosidad.

Cofradía de sombras

sentimientos profundos

emerge el silencio

de un tiempo moribundo.

Principiante de alma errante

las verdades ocultas descansaban

los muertos despiertos

levantan sus voces

para contar su verdad.

La mujer asustada, abrió de golpe la puerta. Su marido sostenía una expresión extrañísima en el rostro, sus ojos fijos en un horizonte lejano asustaron mucho a Antonia. Sentado frente a su escritorio, rodeado de un sin fin de velas blancas que elevaban sus llamas en silencio, unas imágenes de santitos, un pequeño recipiente con agua y muchos papeles escritos, Manuel volvió en sí.

– ¿Qué estás haciendo? ¿Qué es todo esto? Preguntó Antonia desconcertada.

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Tour de bares

Obra publicada en el libro Historias de bar, 2015.


Al día siguiente

Andrés no podía creer lo sucedido. Sin intentar ocultarlo, su rostro mostraba una constante sonrisa, todo se había dado tan natural, y lo mejor de todo, dejando buena ganancia y así de rápido. Cerca de la diez de la mañana sonó su celular anunciando un mensaje de texto, lo tomó en sus manos y de inmediato leyó: Almorcemos hoy a la misma hora pero en “La picá de los cuñados”. Ok ¡nos vemos!, fue su mensaje de confirmación, luego abrió el buscador y googleo el lugar. Ahhh, queda en el barrio Brasil, exclamó en voz alta mientras se volvía a guardar el teléfono en el bolsillo del pantalón.  A los pocos minutos, cuando se le pasó un poco la emoción, recordó especialmente a Katy.


Con unos minutos de anticipación como era su costumbre, caminaba Andrés al punto de encuentro, cuando en la esquina de la calle Huérfanos con Av Brasil, ve a Leo detenido y concentrado observando la plaza, cuando se acercó a saludarlo, éste le dijo: ¡Qué recuerdos, este lugar!…. yo venía acá de chico… respiró profundo, dejó de mirar el entorno cercano y fijó sus ojos en Andrés. ¡¡¡Hola hola!!!, le dijo energizado, mientras le dio un pequeño abrazo. De inmediato se dirigieron al local ubicado a sólo unos metros.  Todas las mesas dispuestas en la vereda del recinto estaban ocupadas, al igual que el primer piso, donde al fondo se destacaba un hombre de cotona blanca, pelo corto y lentes, sirviendo un schop en un copón de medio litro. Sin pensarlo demasiado subieron la larga y recta escalera que los llevó al sector más tranquilo y desocupado. Se ubicaron en una mesa al lado de la ventana, prácticamente estaban solos. Mientras se acomodaban, Leo le preguntó a Andrés si había estado antes en La picá de los cuñados. No, la verdad que no, respondió Andrés riéndose a más no poder Jajajaja… ¡yo leí la picá de los curaos!, dijo señalando la tapa del menú y riendo un poco más fuerte.


En cuanto se acercó el garzón pidieron unas pizzas y un par de cervezas holandesas. Mira, la cosa es simple, como todo salió muy bien, se presentó una gran oportunidad. Debemos repetir la misma operación de anoche dos veces y entramos a las grandes ligas. ¿Sabes lo que significa?, sin dar tiempo para respuesta, continuó, significa más inversión, más ganancia, menos frecuencia. Ahí está la gran clave, hay que exponerse lo menos posible. Andrés tenía la idea de que esto era transitorio, pero la sensación de necesitar dinero lo dominaba. ¿Vas o no vas?, le preguntó Leo mientras lo miraba fijamente a los ojos, a lo que Andrés contestó sin dudar ¡Voy!.


Llegó el mozo, ubicó las pizzas recién horneadas al centro de la mesa y frente a cada uno dispuso una botella personal de cerveza. Lo primero que hicieron fue tomar la botella más cercana con una de sus manos, extender el brazo y chocar suavemente los cristales. ¡Salud!, dijeron al unísono mientras dieron generosos sorbos de aquel refinado sabor.




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